La isla pirateá (parte 2)

Updated: May 13, 2021


En los siglos XVII y XVIII, la gran mayoría de las transacciones comerciales de los puertorriqueños, eran con corsarios y piratas de países enemigos a España. En la isla había mucha escasez y se estaba despoblando. Las personas se iban a La Habana o Nueva España (México) en busca de fortunas. Lo que alivió este despoblamiento fue el establecimiento de un vínculo comercial entre ganaderos y estancieros de Puerto Rico con los comerciantes extranjeros.

La gente dependía de los corsarios para sobrevivir. Era su respuesta a la negligencia y las restricciones españolas. Por culpa de las Leyes de Indias, fundamentadas en el Mare Clausum, aquí solo se podía mercadear con barcos españoles, pero estos, casi no se detenían en la isla, a veces por años. Entre otras cosas, aquí había escasez de dinero, zapatos, telas (para ropa), harinas, sal (sí, aquí hay sal, pero el transporte por tierra era tan caro, que no era práctico; era mucho mejor importarlo por mar), especies y esclavos. Así que estos barcos de naciones enemigas que navegaban nuestros mares, eran de gran beneficio para los puertorriqueños, que no solo conseguían los productos que necesitaban, sino que tenían a quien venderle los cultivos, ganados, maderas, cueros, tabaco y cacao, que aquí había en exceso.




Aun en las raras ocasiones en que los barcos españoles se detuvieran en Puerto Rico, era más provechoso tratar con barcos extranjeros. Ellos compraban todo tipo de productos, pagaban en plata y pagaban bien. Tenían más productos, de mejor calidad y más baratos. Se detenían en poblados fuera de San Juan. Solo el puerto de la capital recibía barcos mercantes de la Península y para la mayoría de los isleños que no vivían en la capital, los costos de transporte eran altísimos. Los españoles, además, tenían que vender más caro, porque tenían que pagar impuestos de entradas, salidas y fletes. Por último, no se interesaban en comprar frutos de la isla. Así que, aunque quisieras absorber los altos costos de transporte para llegar a la capital y mercadear de manera legítima, te arriesgabas que no te compraran nada. Así que, aunque el monopolio español existía en teoría, en práctica duró muy poco.

En el partido de San Germán, la práctica del contrabando era mucho más común, en el litoral desde Ponce hasta Añasco (aunque también se reportan instancias en Arecibo, Aguada y Coamo, entre otros), porque tenían muchas bahías tranquilas y amplias donde los barcos podían anclar. Además, estaban tan distantes de la capital, que era más fácil esquivar la atención de los oficiales. En San Juan, el riesgo era mayor, aunque igualmente el contrabando era frecuente. Allí, los oficiales civiles, militares y eclesiásticos, todos estaban envueltos en esta práctica y protegían a los contrabandistas. En San Juan la historia reporta más incidentes de contrabando, tal vez porque allí se descubrían con más frecuencia.

Muchas veces los gobernadores también se involucraban en el contrabando, aunque la relación variaba de administración en administración, dependiendo de qué les resultara más beneficioso. Entre 1650-1700, todos los gobernadores estuvieron implicados en este mercado negro. En el 1690, el gobernador Gaspar de Arredondo justificaba su tolerancia hacia los tratos contrabandistas diciendo que castigar a la población por el delito “sería afligir al afligido, mayormente, cuando por lo que reconozco, hallo que la culpa del contrabando sería casi universal en esta ciudad e isla.”

En los momentos en que los gobernadores intentaron detener el comercio ilegal, se encontraron con fuerte resistencia de los puertorriqueños, como ocurrió en el partido de San Germán en los primeros 12 años del siglo XVIII, cuando casi hubo un levantamiento armado de los vecinos. Además los castigos eran inefectivos. Muchas veces, los pobladores lograban escapar, antes de enfrentar la pena de muerte, y eran tan pobres, que no tenían pertenencias de valor que pudieran ser embargadas.

Los españoles no llegaron a tener corsarios hasta el 1674, cuando promulgaron las Ordenanzas de Corso, para controlar ese contrabando de naves enemigas en el Caribe que amenazaban su monopolio. Los corsarios, a veces llamados guardacostas, eran la defensa en contra de invasiones y ataques extranjeros. En un momento los hombres del armador de corso, Miguel Enriquez, expulsaron una invasión inglesa en Vieques, por ejemplo. Sus corsarios, llegaron a capturar naves enemigas hasta en las costas de Boston y Filadelfia.

Las Ordenanzas estipulaban que las capturas se dividían en tres partes iguales; una a los armamentos y municiones, otra al navío y artilleros, y otra al armador y la gente del navegante. Felipe de Vera, fue posiblemente el primer corso de Puerto Rico. Muchas veces, la mercancía de contrabando se podía declarar y hacer pasar como presa del corso. No era extraño, que un armador de corso le comprara productos a una colonia de una nación enemiga y luego los vendiera como presas de corso, alegando que el barco logró escaparse luego de ser capturado. De esta manera, Miguel Enríquez llegó a obtener una fortuna inmensa, al punto de que llegó a tener más dinero que el resto de los habitantes de Puerto Rico como grupo. Hasta los gobernadores y los obispos llegaron a deberle dinero a Miguel Enríquez, y era la persona a quien acudir para resolver problemas, desde alimentar a los militares del presidio, hasta enviar mensajes a España cuando el gobierno no tenía barcos a su disposición.

Miguel Enríquez fue un personaje lleno de contradicciones. Por un lado, llevó a cabo muchas obras altruistas. En un momento, luego de varios años de desastres naturales que dejaron a la isla decimada, él se encargó de alimentar a la población más pobre de San Juan. También financió la construcción de capillas y ermitas en la isleta. Por otro lado, el armador de corso mulato, hijo de una mujer esclava liberta, estuvo envuelto en la trata de esclavos y hasta llegó a ser dueño de muchos. Compraba las voluntades de los gobernadores con dinero y regalos, y hasta fue responsable del nombramiento de uno que otro. Un ejemplo es el caso de Francisco Danío Granados, quien le solicitó el puesto de la gobernación a la Corona por 4,000 pesos. Ese dinero, se lo prestó Miguel Enríquez. La relación entre el armador de corso y el gobernador fue mutuamente beneficiosa. Danío Granados se enriqueció y Miguel Enríquez pudo continuar con sus prácticas sin tener un gobierno poniéndole trabas. Cuando el gobernador concluyó su término, Enríquez le pagó 8,000 pesos al próximo mandatario, para que no le imputara cargos mayores a Danío Granados en su Juicio de Residencia (investigación que se le hacía a todos los gobernadores cuando partían). También le guardó sus riquezas acumuladas. Esta relación concluyó con una enemistad ruinosa que llevó a Miguel Enríquez a ser apresado en los calabozos del Morro. Eventualmente el armador de corso recuperó su libertad y Danío Granados fue quien terminó encarcelado desde el 1724 al 1730.

Este lado oscuro de Miguel Enríquez no se debe descartar, pero tampoco tengo el espacio en este escrito para indagar mucho en él. No sé cuál sería su respuesta si le pudiéramos preguntar acerca de su participación en estos asuntos. De Miguel Enríquez hay tanto para contar, que en un futuro exploraré más a fondo estos temas. Por ahora, lo último que les contaré es que vivió sus últimos años en la miseria, gracias al mismo gobierno y a la aristocracia que se benefició por tantas décadas de su servicio. Se refugió en el Convento de Santo Tomás para escapar de la ley y murió posiblemente envenenado. Por lograr salir de la pobreza en la que nació, por no quedarse en su “lugar”, la aristocracia lo atacó con todo lo que tenía hasta asegurar su caída. Llegó a ser tan rico, independiente y poderoso, que entró en contradicción con el gobierno y la élite dominante. Su propio éxito fue su caída.

Igualmente, las estructuras que propiciaron la piratería y la facilitaron todavía existen en Puerto Rico. Las restricciones mercantiles y la corrupción siguen siendo problemas rampantes al día de hoy. No creo que sería justo decir que la corrupción se originó con la piratería; siempre existió, pero es una manera muy clara de verlo manifestado en nuestra historia. Aquí no se hubiera podido sobrevivir si la población se hubiera regido por las leyes coloniales de España. Había que involucrarse en tratos ilegales, y para que estos tratos pudieran subsistir, había que involucrarse en otros tratos ilegales. No lo digo por justificar nada, pero creo que la supervivencia de los puertorriqueños es una pieza importante de ese rompecabezas.

Si les soy completamente honesto, me saca por el techo cuando escucho a alguien hablar de la “mentalidad del colonizado”. No dudo su veracidad, pero es un juicio que carece de empatía. Lo encuentro condescendiente y despectivo. También estoy harto de escuchar a los mismos puertorriqueños describirnos como “arrodillados”, o en el otro extremo como “mantenidos”. Si la mentalidad que tenemos como individuos es el resultado de muchos factores, igualmente lo es nuestra identidad como pueblo. Creo que es muy fácil echarle la culpa de todo a la colonia, al igual que es muy fácil echarnos la culpa de todo a nosotros mismos.

No tenemos que estar hablando de culpa, porque no tenemos que vernos ni como víctimas, ni como parásitos. Hay un chiste del comediante Norm Macdonald que dice “I come from a long line of death” (Mi familia tiene un largo historial de muerte). Yo lo veo de otra manera. Somos una isla de sobrevivientes. Olvídate de que si somos descendientes de taínos, de españoles, de africanos, de todos o de más razas. Somos descendientes de personas que sobrevivieron y por eso seguimos aquí. Lo que pasa es que la resiliencia cansa y vivir para sobrevivir es vivir con miedo. Aunque todos compartimos esas preocupaciones, todos lo manejamos de maneras distintas, porque somos humanos. Lo que quiero decir es que creemos en diferentes soluciones para los mismos problemas.