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De zapatero a corsario: el origen de Miguel Enríquez (historia de Puerto Rico)

Updated: Aug 3, 2023


Joven Miguel Enríquez ejerce como aprendiz de zapatero
Aprendiz de zapatero (imagen de inteligencia artificial)

Miguel Enríquez nació en San Juan, Puerto Rico alrededor del año 1674, y se cree que ya para 1686 había comenzado a ejercer su aprendizaje como zapatero. Para aquellos tiempos, las elites blancas no se involucraban en lo que llamaban los “oficios viles”, como las ocupaciones mecánicas o artesanales. Esos trabajos los ejercían las personas mulatas y negras. Según nos dice López Cantos, “todos los menestrales pertenecían a estos grupos étnicos, caso de los sastres, pintores, plateros, carpinteros, herreros, etc.” Miguel Enríquez era mulato, hijo de Graciana Enríquez, que había nacido esclavizada y en algún punto obtuvo su libertad, y un padre blanco, posiblemente un miembro del clero que formaba parte de las élites de la ciudad, pero no sabemos con seguridad quién era.


Cuando los hijos llegaban a la edad en que podían comenzar a trabajar, sus padres “los entregaban a un maestro para que les enseñara una profesión”. Básicamente, de la manera que funcionaba era que el joven aprendía el oficio a cambio de trabajar sin paga, hasta que lograba “el grado de oficial”. O sea, no todos los padres podían ingresar a sus hijos al aprendizaje, sólo aquéllos que pudieran cubrir sus gastos durante estos años. Entre las clases más pobres, los menos pobres eran los que podían aspirar a ser aprendices.


Según López Cantos, Enríquez tuvo que comenzar su aprendizaje desde muy joven, ya que cuando tenía 26 años, no era solo un maestro zapatero, sino que también era zurrador y calderero. Además de hacer zapatos, también sabía tratar los cueros y hacer calderos. No era común ser maestro de tantos oficios.


Ahora, en el año 1700, lo cogieron vendiendo productos de contrabando. “He vendido algunos efectos que he adquirido de diferentes soldados de este presidio, a quienes se los he cambiado por zapatos, movido por caridad, por no tener dinero con qué pagármelos”, explicó Enríquez en aquel entonces.

En aquellos tiempos, el dinero escaseaba en Puerto Rico, y mucho del comercio se hacía a través del trueque, porque pues, no había de otra. Esto aplicaba igualmente a los soldados del presidio, ya que con frecuencia el Situado que llegaba de México (un dinero que llegaba para cubrir los gastos de la defensa de San Juan) se atrasaba por largos periodos de tiempo. Aparte de eso, el contrabando, era básicamente la manera que tenían los puertorriqueños para subsistir, dado a las restricciones mercantiles españolas. Así se conseguían las cosas que no estaban disponibles en la isla, a la misma vez que los locales podían vender sus productos. El punto es que el contrabando era algo súper normal.


Por el crimen de vender productos ilegales, le impusieron a Enríquez una multa de 100 pesos. Esto era un montón de dinero. Lo más que podía ganar un maestro de un oficio en aquellos tiempos, era 3 pesos por día. Además, lo condenaron a trabajar por un año, sin sueldo en las fortificaciones del Morro. Enríquez, sin embargo, solicitó que le asignaran en vez a trabajar en una de las compañías veteranas, y logró ser asignado a la compañía de artillería. El hecho que hubiera podido costear la multa y un año de trabajo sin sueldo, a la misma vez que accedieron a su solicitud de cambiar su condena, son otras razones por las que se cree que Enríquez era hijo de un miembro de la élite de San Juan.


Gobernador Gabriel Gutiérrez de la Riva desembarca en Aguada, Puerto Rico
Llega el gobernador (imagen de inteligencia artificial)

La declaración de Miguel Enríquez que les cité arriba, es del 30 de octubre del año 1700. Unos meses antes, el 21 junio para ser preciso, había desembarcado en Puerto Rico el nuevo gobernador, Gabriel Gutiérrez de la Riva. La gran mayoría de los gobernadores que asignaba España a Puerto Rico, eran militares. Como señala López Cantos, los nombraban “no por sus dotes políticas y administrativas, sino como premio a sus continuados servicios castrenses”. Los gobernadores además llegaban con ciertas expectativas. “De todos es conocido el afán por enriquecerse y la premura con que lo llevaban a cabo la mayoría de los que pasaban a América con un cargo de responsabilidad”, escribe el historiador López Cantos, “Pensaban que los enviaban allí para recompensar sus servicios a la monarquía”.


Y, la realidad es que se les hacía fácil a los gobernadores lucrarse por debajo de la mesa durante su término: “a un individuo con poder y al tanto de la realidad antillana se le ofrecían personalmente infinitas posibilidades de hacer fortuna con rapidez” (López Cantos). Los gobernadores no venían a gobernar, venían a hacerse ricos.


Gutiérrez de la Riva no era la excepción. Con más de 24 años en el servicio militar, había pasado por “todo el escalafón militar y, casi siempre, en las Armadas de Barlovento y Real” (López Cantos). O sea, no solo tenía una larga experiencia militar, sino que conocía el mar, y en particular, el Caribe.


No sabemos exactamente los detalles de cómo el gobernador se juntó con Miguel Enríquez, pero sabemos que pasó. Se puede suponer que su acusación de vender productos ilegales, y por consecuencia su servicio forzado en el Morro, lo hicieron llamar la atención. En particular, debió salir a relucir en ese proceso el hecho de que Enríquez sabía leer y escribir, cosa muy poco común en aquella época en Puerto Rico.


Firma de Miguel Enríquez
Firma de Miguel Enríquez

Lo que sí podemos dar por cierto es que ya para eso de 1701, Enríquez estaba trabajando con el gobernador como su “ventero”. Una carta del cabildo secular de San Juan al rey, de 1719, dice lo siguiente:


“El gobernador don Gabriel Gutiérrez de la Riva, que lo fue de esta Isla, dio principio por el año 1701 a levantar al dicho Miguel Enríquez, habiéndolo escogido por su ventero quitándolo de la banqueta donde estaba trabajando, como correspondía a su humilde nacimiento y poniéndole tienda de diferentes géneros, efectos y lienzos, a cuyo ejercicio noticiados de su habilidad los demás gobernadores, que ha habido en esta plaza hasta la fecha…”


Esto no significaba que para aquel tiempo Enríquez era dueño de una tienda, sino que estaba dedicándose al comercio, o trabajando como vendedor para el gobernador. En algún punto, alrededor de estos años es que Gutiérrez de la Riva escogió a Enríquez como su testaferro para insertarse en el mundo del corso. Probablemente fue en el mismo 1701. Un testaferro, por si acaso, es una persona que presta su nombre para firmar un contrato que en realidad es de otra persona. Para explicar bien lo que pasó, creo que debo empezar con lo que es el corso. Y no estoy hablando de la gente de Córcega, sino del oficio de los corsarios.


Naves corsarias puertorriqueñas batallan en el mar Caribe
Ataque corsario(imagen de inteligencia artificial)

El mismo año que nació Miguel Enríquez, 1674, España promulgó las Ordenanzas de Corso, “con el fin de controlar el contrabando de las naves enemigas” (Robiou Lamarche). Estas ordenanzas decían que “...en las Ciudades y Puertos donde cualesquiera de los Vasallos de las Yndias Occidentales e Islas de Barlovento, quisieran armar Navíos para de cuyo efecto salir al corso en busca de otras cualesquiera Naciones que andan Pirateando, y haciendo hostilidades a sus naturales…” Además de todo esto, tenían un segundo propósito de “servir de complemento al comercio tradicional” (López Cantos).


De la manera que esto funcionaba, era que le otorgaban a alguna persona una Patente de Corso, un tipo de licencia que te permitía salir al mar a cazar barcos de naciones enemigas, o que estuvieran practicando el contrabando. Para España, cualquier comercio entre sus colonias con otras naciones europeas era contrabando. Las excepciones eran cuando se hacía alguna alianza con algún otro país por un periodo de tiempo, pero todo esto era cambiante. Ahora, como parte del acuerdo, lo que los corsarios lograban capturar, o sea, el barco y su carga, se dividía en tres partes iguales,“una a los armamentos y municiones; la otra tercia parte al navío y artilleros, y la otra al armador y la gente que navegare”. Esto se conocía como la Tercia Partida. Además de todo esto, las capturas “estaban exentas de cotizar impuestos a la real hacienda pudiendo comercializar los “efectos de corso” en cualquier puerto español”. O sea, aparte de que se beneficiaban de unas exenciones contributivas, tenían la capacidad de vender sus productos fuera de Puerto Rico, en otras colonias españolas.


Dentro del mundo del corso, existía el corsario y el armador de corso. El corsario, era el que navegaba en el mar, atacando naves y capturando naves. El armador de corso era quien financiaba las embarcaciones para efectuar el corso. Los armadores de corso podían ejercer también como corsarios, pero no necesariamente. En vez, podían tener a su cargo un personal que operara sus embarcaciones.


El corso, se prestaba para involucrarse fácilmente en el mundo del contrabando. No era tan fácil fiscalizar los movimientos y los tratos del corso, por lo que se podía maniobrar para comerciar con colonias de naciones enemigas a España, y luego introducir esos productos a Puerto Rico alegando que eran presas de corso.

Mercado de contrabando en playa de Puerto Rico
Contrabando en la playa (imagen de inteligencia artificial)

La mayoría de los gobernadores para esta época, de alguna manera u otra se involucraban en el contrabando. Gutiérrez de la Riva, no es de ninguna manera un caso particular en este aspecto. Desde que asumió la gobernación, uno de sus primeros actos fue solicitarle a la Corona la construcción de un barco que se destinara a la protección de las costas de la isla. La solicitud fue aceptada, aunque el barco no se terminó de construir hasta 1707. De todos modos, sabemos que el gobernador tenía el corso en la mente desde que llegó, ya que “constituía un medio seguro y fácil de conseguir la fortuna…” (López Cantos). Y Miguel Enríquez se convirtió en la persona perfecta para estos fines.


No podemos conocer los detalles de los acuerdos a los que habrá llegado Gutiérrez de la Riva con Enríquez. Pero, básicamente hubiera sido algún tipo de intercambio donde uno recibe la patente de corso y el otro se lucra de sus comercio. Aparte de otorgarle la licencia a Enríquez, el gobernador también le facilitaba el proceso de enviar sus embarcaciones al mar y dar sus presas por buenas al regresar. “El gobernador tenía el poder y los medios mientras que Enríquez era pobre pero inteligente y audaz” (Riestra Carrión).


Por otro lado, de surgir cualquier problema con la ley, Gutiérrez de la Riva tenía un chivo expiatorio en Enríquez. Como dice López Cantos “el peso de la ley y las responsabilidades caerían sobre él y nadie más indefenso y adecuado…para cargar con culpas ajenas”, que un joven mulato bastardo, zapatero, hijo de una esclava liberta, en la sociedad colonial de principios del Siglo 18. El gobernador se quedaba tranquilito con sus chavos. Si surgía algún problema, Enríquez era el que se chavaba. Por lo menos, esto no llegó a ocurrir en ese momento. Luego sería distinto. No todos los gobernadores serían aliados de Enríquez. Sin embargo, trabajó con Gutiérrez de la Riva, “todos los inconvenientes fueron salvados por su mediación y el tráfico de las mercadurías no constituyó impedimento” (López Cantos).


Parece que desde el inicio no le fue tan mal. Al año de comenzar su carrera como armador de corso, Enríquez ya era dueño de embarcaciones, según declaró Francisco Danío Granados de Rivera en 1715:


“Constándome, por certificaciones que de oficio mandé sacar de la real contaduría, haber tenido desde el año 1702 hasta el 1713 treinta embarcaciones, balandras y bergantines en corso sin contar piraguas y goletas que ha armado en esta costa contra tratantes, habiéndole el enemigo quitado más de veinte sin contar con las que se la han perdido en el mar”.


El 23 de julio de 1703, murió el gobernador Gabriel Gutiérrez de la Riva en Puerto Rico. Aunque en su herencia, se lo dejó todo a su familia, no se encuentra en los documentos nada relacionado al corso. Obviamente, no iban a poner en un documento oficial evidencia de prácticas ilegales. López Cantos especula que es posible que estos bienes se los haya pasado a Enríquez, tal vez con la promesa de que él los enviaría a sus herederos, promesa que no cumpliría. ¿Por qué se cree esto? Porque en los años subsiguientes a la muerte del gobernador, “resulta un misterio el origen de la financiación” del negocio de Miguel Enríquez. Sí sabemos, que para 1704, él ya estaba registrado como armador de corso independiente.


Enríquez tuvo suerte que aunque en aquellos años le fue bien, no le fue tan, tan bien. O sea, él no explotó en la escena de la primera y se quedó con todo, sino que fue un proceso que tomó varios años. Eso jugó a su beneficio a largo plazo porque “no despertó sospechas y las envidias quedaron contenidas para mejores ocasiones” (López Cantos). Si las élites sanjuaneras o los gobernadores subsiguientes se hubieran dado cuenta de lo que estaba pasando, se hubieran asegurado de detenerlo. En aquel tiempo hubiera sido fácil tumbar “a un futuro competidor, que apenas poseía capital y…que tenía “el defecto de ser pardo” (López Cantos). Parte también tuvo que ver con que, entre 1703 y 1708, por Puerto Rico pasaron 9 gobernadores distintos. Ninguno de ellos estuvo en la isla suficiente tiempo como para darse cuenta de lo que estaba pasando.

Retrato del corsario puertorriqueño Miguel Enríquez
Retrato de Miguel Enríquez (imagen de inteligencia artificial)

Para el 1708, cuando llegó el próximo gobernador que duraría un término completo, Francisco Danío Granados, ya Miguel Enríquez se estaba convirtiendo en una de las figuras más importantes del Caribe.


Cuando las élites de San Juan, las familias Calderón, Muxica, Lugo y Montañes, entre otros, se vieron lo que Miguel Enríquez estaba haciendo, le montaron una guerra abierta. Enríquez no solo lograría montar un imperio comercial en Puerto Rico a través del corso que prácticamente se convertiría en un monopolio, tumbándole el guiso a las familias que por generaciones habían dominado en la isla, sino que también era, como ellos les llamaban, un “mulato espurio de raza infesta”. Palabras como estas las repetían una y otra vez en sus cartas a la Corona quejándose del armador de corso.


En los próximos años, a Enríquez le montarían una persecución intensa, que lo llevaría a perderlo todo en 3 ocasiones distintas. Con todo y eso, y a pesar de los privilegios que la genealogía y la posición social le otorgaba a sus enemigos, ninguno de ellos lograría nada ni cerca de lo que logró Miguel Enríquez en sus 35 años de carrera.


Nada, luego les contaré más de Miguel Enríquez por El Cayito. Como siempre, abajo les cito las fuentes que utilicé para este artículo y si no quieren esperar, los invito a checkiar cualquiera de esos libros. También pueden escuchar mi conversación con Historiando PR sobre Miguel Enríquez, que ya está disponible en su canal de Patreon y el 8 de agosto estará disponible en Spotify.

 

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Fuentes:


-Miguel Enríquez, de Ángel López Cantos

-Piratas y Corsarios en Puerto Rico y el Caribe, de Sebastián Robiou Lamarche

-Cinco odiseas puertorriqueñas, de Juan I. Riestra Carrión



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