Peste



Hace cientos de años, en la isla de San Juan Bautista...


No hay peor peste que la carne humana en llamas. Por un instante olió deliciosa, y eso fue lo que más me estorbó. Las mujeres gritando, convulsionando, vomitando, sufriendo, y dentro de mí, conocí un instinto primordial que sintió hambre. Fue breve, y pronto se disipó. Retorné a la horrorosa realidad frente a mis ojos y no pude ver más. Entonces entendí por qué el fray Nicolás y otros hombres de poder se disfrutaban aquella visión. Una de las mujeres no gritó y nunca dejó de mirar al fraile. Él, quien por muchos años fue mi muy estimado mentor y guía, era el arquitecto de aquella aberración. El obispo era el Inquisidor, pero Nicolás Carrión fue quien las acusó de brujería y orquestó la ejecución. Sin embargo, la mujer encendida lo derrotó. La pesadilla de aquella noche aún me despierta todos estos años después. Con ver a una persona quemarse viva sería suficiente, ver a tres… Dicen que este nuevo brote es culpa de los pecadores. Pero esas tres mujeres no murieron de fuego, sino de iglesia.

Es fácil recordar las cosas con el entendimiento del ahora y no del entonces. La realidad es que en aquellos días, antes de la llegada del Mangle, yo no entendía tanto. Solo lo obvio, lo aparente, lo que estaba de frente. Sabía que había más, que había cosas que no veía y que no comprendía. Tal vez no las veía porque no quería, aunque no creo; creo que solo veía hasta donde era capaz de ver, hasta donde mis experiencias y mis prejuicios me permitían.

En el convento de Santo Tomás, el mundo puede ser gigantesco y pequeñísimo a la vez. La lectura te da entrada a un mundo más magnífico del que nunca soñarías. Aún recuerdo cuando no sabía leer. Mi vida era lo que veía y lo que escuchaba; los cuentos de otros. Era pequeño y no sabía cuestionar. No tenía porqué, no conocía más allá de lo que me decían. Ahora conozco la historia del Viejo Mundo, de la antigua Grecia y el imperio romano, de Aníbal Barca y del Cid Campeador. Conozco la Biblia, la literatura de Homero y la de Dante, la filosofía de Sócrates, quien cuestionaba hasta lo más fundamental que uno da por cierto. He visto los mapas y los grabados de un mundo que nunca vería con mis ojos, el mundo al otro lado del mar Océano. Nunca me hubiera imaginado que hoy me encontraría en un barco en dirección a la Península.

Me había leído la Brevísima Relación de fray Bartolomé y la Historia General de Oviedo. Pero en realidad, el Mundo de acá, solo lo conocía desde la ventana de mi pequeña y humilde habitación, que daba a la calle del Cristo. Si me asomaba un poco hacia afuera y hacia la derecha, podía ver el barrio de Ballajá. Pero lo que siempre veía sin esfuerzo era la misma calle, el convento de las monjas, la catedral, el cabildo y su plaza donde los mozos jugaban a volatines, y las casas de piedra con techos de tejas. Y, escondidas entre la prosperidad de las líneas de tejas, podía ver los techos de paja de los bohíos de los menos privilegiados, sombra de los taínos desaparecidos de nuestras tierras. La calle terminaba con un risco y detrás veía las montañas de la isla grande. En ocasiones, al amanecer veía pasar canoas que salían de la Marina de San Justo a Palo Seco, a canjear mercaderías de contrabando.

Y no solo es el encierro dentro de las paredes del convento, sino dentro de las murallas de esta ciudad. Aún recuerdo mi niñez en El Poblado, en el sur de esta isla, donde crecí, jugando entre los manglares con mi amigo Tato. Recuerdo la vez que nos acercamos mucho al Puente Viejo en una yolita que encontramos y un vecino nos gritó condenas que aquí no repetiré, hasta que nos alejamos espantados. Había límites, pero también había un sentido de un más allá. Desde la iglesia en la colina de Magueyes, detrás de la Pared de Manglares, se podía ver el mar que se extendía al horizonte sin fin. Sabías que nunca cruzarías aquella línea, pero también sabías que había un mundo entero tras ella.

En contraste, allí en la ciudad del Puerto Rico, eso se olvidaba. Veías el mar y las montañas de la isla. Pero allí no importaba lo que hubiera fuera de los muros. La ciudad era el centro de todo, o eso creían. Y yo me lo creía también, porque esa era la mentalidad que me rodeaba. Dentro de la ciudad capitalina, los más capitales eran los españoles llegados de la Península y más arriba de ellos, las Cinco Familias, nacidas aquí, descendientes de los primeros colonos. Luego estaba el resto de los criollos (mientras menos sangre mezclada mejor), entonces los mulatos y mestizos libertos y, por último, los esclavos. Me acostumbré a mi lugar y se me olvidó lo que era no tener lugares. En El Poblado no tenía concepto de posición social, aunque sería injusto pretender que no la había. Tal vez confundo la inocencia de mi infancia con una utopía que nunca existió.

Mis tíos me llevaron de El Poblado a la capital, cuando un brote de viruela se llevó a mi familia, en mi niñez. Recuerdo como los vi a todos morir, poco a poco, la fiebre, las llagas, las pústulas, las costras caídas… humanos transformados en enjambres de ampollas… no hablaré de esto. No puedo. Mi intención es ser honesto, pero hay cosas que aún no me atrevo a recordar. Tal vez es el jamaqueo del barco, pero me arde el estómago de solo pensarlo. La terrible enfermedad a mí no me tocó. Decían que era un milagro, pero de ser cierto, los milagros no serían más que migajas. Cambiaría mi vida por la de mi familia en un instante.

Me quedé solo y la familia de Tato me acogió. Mi tía, casada con un sevillano oficial del gobierno, traía promesas de una vida mejor, y me llevó con ella a Puerto Rico. Ellos me dieron todo lo que pudieron y pudieron darme mucho. Viví, por un tiempo, una vida privilegiada, que muy pocos conocerán. Pero mi condición de criollo del Partido de San Germán, me perseguía. No era tan mala como las otras castas, pero no era tan buena como los peninsulares tampoco.

Así es que eran las cosas. Uno se acostumbra a lo que no tiene sentido y ni lo cuestiona. Es así. Si no hay un porqué, uno no lo pregunta. Es como si el instinto te dijera que como el razonamiento colapsaría la realidad, es mejor no razonarlo. Solo porque algo no tiene razón de ser, no significa que deja de ser. ¿De qué te sirve cuestionarlo, sino para vivir una vida mortificada? Ver algo que nadie ve, es una forma de locura. Tal vez uno no lo ve, porque la mente presiente el sufrimiento que traerá la revelación. Ese es el sufrimiento de la diferencia. No la diferencia de cómo me veo, sino la diferencia de cómo pienso. La soledad no es el aislamiento, sino la exclusión. Nadie quiere ser excluido. O, mejor dicho, yo no quería ser excluido, no más de lo que ya era. Yo tenía el padecimiento de la diferencia y los españoles, el privilegio de la indiferencia. Ellos se lo merecían y yo lo aceptaba.

Claro, así es como lo veo ahora. En aquel tiempo, si mal no recuerdo mi entendimiento, creo que lo confundía con otra cosa. Cuando haces una pregunta y nadie la puede responder, te sientes absurdo por preguntarla. Entonces piensas que tal vez la pregunta es la que no tiene sentido, y no el asunto en cuestión. Y si la pregunta es la que no tiene sentido, tu razonamiento es el que está fallido. Entonces, eres tú el que no tiene sentido. El miedo no era que yo fuera diferente, sino que fuera menos. En otras palabras, yo era menos y tenía miedo que otros lo descubrieran.

Mis tíos me dieron muy buena vida y muy buena educación. Se fueron a Sevilla con el cambio del gobierno cuando yo tenía 16 años, poco más o menos. Antes de irse, mi tío utilizó sus conexiones para dejarme en buenas manos y me ingresó en el noviciado Dominico. Allí pude continuar mis estudios y satisfacer mi curiosidad. Pero esa curiosidad se limitaba a las preguntas con respuestas, preguntas que otros han hecho. Mis preguntas no eran las mías, sino las que otros hacían. Y mis respuestas no eran las mías, sino las que otros daban. Así pasé gran parte de mi juventud, sumergido en los grandes estudios, llegando a comprender los pensamientos de otros, sin preocuparme por los míos. No escapaba a otros mundos, sino a otras mentes.

¡Qué manera de conocer el mundo y dejar de verlo! Pues así era y yo no lo sabía. Era criollo, y los frailes me lo recordaban, sin darse cuenta. No era su culpa y no les guardo resentimiento. Veían las cosas como se las pintó su crianza. Yo no pertenecía y pensaba que mi trabajo era encontrar cómo pertenecer. Aceptaba que nunca sería como ellos, pero añoraba aproximarme. A la misma vez, yo no sabía que lo deseaba.

La curiosidad era mi negación, la lectura era la venda en mis ojos. No era la lectura en su esencia, sino en su función, o mejor dicho, en como yo la utilizaba. Pero tenía una ventana en mi habitación. Por ella veía la calle que me recordaba de dónde venía, de quién era. Era como lo que se puede ver a través de la tela cuando te vendan los ojos, porque nunca lo tapa todo por completo. Te puedes enfocar en las fibras de la tela o en lo que se ve a través. O, en mi caso, puedes creer que tu visión está fallida, olvidando la venda por completo.

Como ya mencioné, estoy convencido que la soledad no es el aislamiento, sino la exclusión. Sentirse solo no es estar solo, sino estar falto de compañía. Desde que la viruela acabó con mi familia, me sentí solo, distante de todos, separado, diferente. Y en la capital, era diferente y era menos. Siempre excluido, siempre solo. Sentía que debía pertenecer y que no era capaz de hacerlo. Pasaba las noches solo en mi habitación, mientras los otros novicios socializaban en el patio interior, discutían sus estudios entre ellos (diciendo disparates, porque no entendían las lecturas) y, los más groseros, despotricando vulgaridades de los menos afortunados de la ciudad, los mismos a quienes Jesucristo hubiera bendecido primero.

Lo que aconteció fue que la temible viruela regresó, esta vez a Puerto Rico, y el brote que se desató fue grandioso en su rapidez e indiscriminado en su exterminio. Días después de la quema de las tres brujas, llegaron los primeros reportes del presidio. Culparon a las brujas. Era evidentemente absurdo, pues ya las habían quemado. El fray Nicolás Carrión, entre murmullos, hablaba del diablo cabrón al que le oraban las mujeres acusadas. Decía que era el mismo diablo que se llevaba a los soldados en las noches… habló de otras cosas que no puedo contar en este escrito. El miedo era real. Pero, qué fácil era echarle la culpa a lo sobrenatural. Las brujas lo causaron y cuando se terminara, sería por obra y gracia del Señor, olvidando por completo que esta peste llegaba arrastrada del Viejo Mundo. Hasta ahí entendía yo en aquellos días. Las migajas de pan flotan en el mar y todos los peces se acercan a comérselas. Mientras tanto, no ven al pescador. Todos culpaban a las brujas, mientras llegaban los exaltados soldados españoles de la península, infectados, a una ciudad encerrada por murallas. Una ciudad de corrupción y pestilencia, tan atrapada en su propia basura, que creían que era en las montañas verdes donde se vivía en la miseria. Pero estas cosas no estaban en mi conciencia en aquel tiempo. Eran más como una incomodidad en mis entrañas que no estaba acompañada de palabras todavía.

Llegaron los tiempos de cuarentena y entonces todos estaban encerrados. Yo seguía solo en mi habitación, pero ahora todos estaban solos en las suyas. Con el primer brote quedé en soledad y con el segundo, dejó de perturbarme. ¡Si solo no me hubiera tomado tanto tiempo entenderlo! Todos los monjes en clausura, volviéndose locos y yo, por primera vez, viendo el mundo con ojos claros.

Pude ver como las calles se vaciaban. No quedaba nadie, nadie de importancia para quienes juzgan a las personas por su condición: algunos vendedores que no les quedaba más remedio que seguir con su oficio, los mendigos que no tenían a dónde ir y los borrachitos que todavía no llegaban a mendigos. Pasaron unos meses y todo seguía igual. Llegaban los reportes de las muertes. No había donde enterrarlos. Los frailes, hombres de Dios, morían como todo el resto de los hombres, pecadores o confesados. No había razón de ser. En esos días comencé a entender algo que años después me atrevería a aceptar como una verdad absoluta; las cosas no necesitan razón para ser. Aquí le buscaban lógica con Dios, y luego te decían que no lo cuestionaras porque a Dios nunca lo entenderemos. Decían que si fue por esto, o por lo otro, que si era un castigo o una enseñanza, apocalipsis o salvación. Los pregones variaban dependiendo del humor del pregonero.

Solo una cosa era cierta. Todos sentían miedo y soledad, todos. Y Dios, ¿dónde estaba? No para los muertos, ni para los enfermos, sino para los solitarios. Si Dios está en todas partes, ¿cómo es posible sentirse solo? Esa pregunta, esa sí la tuve, por mucho tiempo. Entonces, en esos días de cuarentena, finalmente encontré la respuesta. Por primera vez dejé de buscar explicaciones. Entendí que no las encontraría. Debía apreciar lo que llegaba a conocer. El resto no importaba. Rezándole a Dios, nunca encontré sosiego, pero tan pronto dejé de buscar lo que otros me decían, encontré algo más profundo. Encerrado como estaba, ya no me preocupaba por lo que la gente pensara de mí. Encerrado como estaba, solo podía mirar hacia adentro. Por la ventana ya no me quedaba nada que mirar. Entonces lo que encontré fue que yo había estado ahí todo el tiempo, al otro lado de la ventana. Yo miraba la ciudad desde mi habitación, pero desde la ciudad me hubiera visto a mí.

Los españoles traían la pestilencia y luego nos culpaban a nosotros los de aquí por pecadores, por míseros e incultos campesinos. Todo era un juego de distracciones. En aquel tiempo solo, comprendí que era un juego. No sabía cuál era el juego, no sabía el nombre, ni las reglas. Solo tuve un sentimiento. El mundo que conocía era falso. Estaba mirando hacia donde no era y supe que ya no quería jugar más.

Hoy entiendo que la religión no es nada más que una colección de respuestas compartidas. Hoy sé que puedo preguntar y aceptar que no siempre habrá respuestas. Las respuestas no son guías, son respuestas. Yo prefiero dejarme llevar por las preguntas y que las preguntas sean mías. Este fue el día que me hice la primera de importancia.

¿Por qué estaba allí? No era por qué estaba vivo, ni por qué nací, ni cuál era mi propósito. Mi pregunta era más simple y más concreta. ¿Por qué estaba allí en aquel cuarto, en aquel convento, en aquella ciudad? Y ahí encontré una respuesta. No era la respuesta a esa pregunta. Era una respuesta a otra que no supe hacer; yo no quería estar allí. Tocaron las campanas del Avemaría sobre las 8. Respiré. Me corrí las manos por el pelo. Me senté en la cama. Mis piernas me temblaban de la ansiedad. Era tan simple, era tan limpio, era tan claro.

Yo no quería estar allí. Eso era todo. Y si yo no quería estar allí, yo no tenía que estar allí. Igual que los soldados del presidio, que desertaban, hartos de la hambruna, las enfermedades, las deudas y el calor, y en la ciudad culpaban al diablo cabrón y a sus fieles brujas. Eso solo significaba una cosa y esa cosa la significaba con urgencia. Me tenía que ir, y me tenía que ir ya. Aún no disparaban los cañonazos de la retreta. Tenía tiempo de partir antes de que cerraran las puertas. Empaqué todo lo que tenía valor: mis lecturas y mis escritos, un poco de casabe, un poco de agua que tenía y unas monedas. No planifiqué una huída. No lo pensé. Esa misma noche salí de mi habitación, mientras todos estaban encerrados, y continué caminando por el pasillo, cargando mi pesado saco de libros y escritos. No fue un escape, no me fui a escondidas. Nadie me vio, nadie me detuvo. Solo me fui.

Al cruzar el Puente de Agua saliendo de la isleta me topé con un grupo de trovadores, que enterándose del brote que azotaba al Puerto Rico, decidieron cambiar de rumbo. Me podrían guiar hasta el Coamo, pero me hicieron la curiosa advertencia de que tendrían que evitar las tierras del Jatibonico.

Hoy encontré una nota entre mis papeles. La página se quemó el día que el Mangle se apareció en los canales. Por suerte, resta un fragmento. No recuerdo qué pensaba el día que lo escribí, pero recuerdo el día. Tampoco conozco su contexto en el resto del escrito. Fue durante la travesía con los trovadores, cruzando la Sierra de Guavate, que vi las antiguas tierras de las Salinas de Abey, y vi el sur de la isla y su mar, claro y salvaje, por primera vez en una década, poco más o menos.

“Si tienes los ojos vendados, ciérralos. Acepta que no puedes ver. Escucha, toca, huele. Solo así notarás la peste. Camina y no tengas miedo de chocar. No serás tú quien caiga. No porque no puedas ver el sendero, significa que andas a ciegas.”

Pronto llegaré a Sevilla y vislumbro que allí caminaré a ciegas y chocaré con todo. La ciudad de Puerto Rico quedará pequeña con lo que encontraré allí. Veré tanto, que se me hará difícil encontrar el sendero. Pero, Irene, les prometo a todos ustedes que seguiré caminando hasta que logre mi cometido. Tal vez tenga la fortuna de encontrar a mis tíos con vida, pero lo dudo mucho.

Aquí dejaré este escrito por hoy. Odio la repetición y veo lo mucho que he pecado de ella aquí. Mis memorias van en círculos y no en líneas. Aún no me acostumbro a los ritmos de la altamar y me siento un tanto desbalanceado y nauseabundo. El sol y el aire libre ayudarán. Los olores de la mar tienen una tendencia a sofocar en espacios cerrados y a aliviar en espacios abiertos. Es algo muy extraño, como el mismo olor puede ser una peste o un bálsamo.

  • Ocho de abril del año cuarenta y seis, Rodrigo Torres Vargas


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