El bohío

Updated: Oct 10

por: Andrés Sanfeliú Cruz


Contemplaba las figuras talladas en las piedras mientras se limpiaba su rostro en el agua. Era extraño pensar que en algún momento tuvieron otros dioses. ¿Alguno era falso? ¿O todos? Caminando a su hogar vio un destello de luz entre la maleza y su corazón dio un brinco. Ya era muy tarde.


Entró a su bohío con los frutos que pudo recolectar. Hacía días que los pescadores no lograban alcanzar la costa, no fuera a ser que los colonos los vieran. El secreto de la existencia de su poblado era más importante que la pesca. Esperaba que la comida rindiera para el día.


Las cosas cambiaron tan rápido. Primero llegaron unos pocos hombres de afuera con sus familias, con la promesa de una mejor vida para todos. En poco tiempo habían acaparado sus tierras y los habían reducido a la servidumbre. Solo les interesaba exprimir la isla para hacerse ricos. Aun cuando ya no había oro para minar en los ríos, encontraban cómo destrozar algo más por su caudal. El lucro a base del robo, era lo que los colonos llamaban “economía”.


Quien se rehusara a aceptar el trato era un vago, y el vago era un rebelde. Quien levantara la voz en protesta era encadenado y forzado a laborar en el encierro.


Le hervía la sangre pensar en su gente que se hizo cómplice de los invasores. Fueron pocos, pero eso fue suficiente. “Nos dejaron sin nada”, pensó. Un huracán terrible deshizo la tierra y los colonos aprovecharon la precariedad para acaparar aún más. Trajeron enfermedades y muchos murieron. Otros, se escondieron para sobrevivir. Pero, cuando salieron de sus cuevas, no reconocían la tierra que encontraron. Luego, hasta el nombre le cambiaron a la isla.


Se acostó en la hamaca a descansar. No había más nada que hacer. Suerte tenía de vivir bajo un techo. Estaba sola, pero muchos estaban solos. Debían ser ya pocos los que quedaban de su gente allí. O, por lo menos eso creía. Hacía mucho tiempo que no llegaban noticias de los otros poblados. Muchos habían abandonado la isla. Otros murieron en la miseria. Otros, estaban reducidos a servir a sus amos.


Ella conocía el idioma de los colonos, pero se rehusaba a utilizarlo. Hacía tiempo que no pensaba en esto, ¿por qué hoy sí? Estaba llena de ira. Ya habían pasado más de 20 años. Recordaba su niñez en la libertad, cuando no vivía a escondidas. También recordaba el tiempo que sirvió en uno de sus castillos amurallados. Decían que las leyes mejorarían la condición de todos. Hasta ella se lo creyó. Hasta los defendió. Hasta ella, mientras limpiaba mierda, pensó que era mejor aguantar. Las cosas podían ser peor. Mejor no levantar queja. Más equivocada no pudo estar.


Le preocupaba el destello de luz entre la maleza. Ese objeto que brillaba estaba roto, pero ella sabía lo que era. ¿Era tiempo de mudar el poblado otra vez? Tendrían que adentrarse aún más al monte. ¿Por qué? Estaba harta de seguir escondiéndose. Vivir para luchar otro día, decían. Pero ¿cuándo llegaría ese día? ¿De qué valía vivir sin luchar?


El machete en el suelo era un objeto extraño. Una espada de la servidumbre. En otros tiempos el arma de la resistencia fue la macana. “No es suficiente golpear al enemigo; hay que cortar cabezas”, pensó. Pero la macana, era un arma con un solo propósito. Antes, no había por qué esconder la intención de defender tu libertad. En poco tiempo la gente se olvidó de la macana, de los arcos y de las flechas. Tomó muy poco tiempo para que se olvidaran. Para que otra realidad se convirtiera en la norma. Por eso, hoy día en su bohío había un machete y no una macana. El machete era el arma disimulada; una herramienta que gritaba guerra.


Sus ropas ya se rompían. Qué simple debió ser la vida de las personas antes de que llegaran los primeros europeos. Qué mucho había cambiado.


-¡Nos encontraron! - escuchó unos gritos desde afuera y casi se cayó de la hamaca. Recogió los frutos y salió del bohío por atrás para adentrarse en el bosque, pero no sin antes escuchar los llantos de quienes una vez más lo perdían todo. A los colonos no les gustaba que los nativos vivieran libres.


“Para ellos, nuestra tierra es suya y nosotros somos un estorbo.” pensaba mientras atravesaba la maleza. “No nos quieren en libertad, sino en sus ciudades, limpiando pisos y haciendo comida, mientras vivimos con hambre en cajones de madera.”


Ya no quedaban suficientes personas para llevar la resistencia. ¿A esto estaban reducidos, a vivir como prófugos en su propia tierra?

Escuchó el rugido del progreso. Los colonos habían llegado para llevárselos a todos. Asomándose entre las hojas, vio cómo se llevaban a la gente del pueblo arrastradas, en cadenas. Cerró los ojos en desesperación. No había nada que hacer. En ese momento, recordó el machete que dejó atrás en el bohío. Lo que estaba viendo no la encolerizaba, porque ella ya estaba molesta. Pero no porque esto fuera normal significaba que fuera merecido. Estaba sola, pero esperando ayuda su pueblo terminó escondido entre los montes.


Salió corriendo al bohío y recogió el machete. Escuchaba las voces de los colonos hablando de cómo nos estaban salvando de vivir como cavernícolas. Que nos daban trabajo y un lugar donde vivir. Que traían el desarrollo y que nosotros no entendíamos todo lo que estaban haciendo por nosotros. “Nos redujeron a esto y ahora se creen que nos salvan,” pensó.


No fue suficiente con limpiarse el rostro para esconder su acto. Cuando mató en el río al hombre que descubrió el poblado, debió también deshacerse de la evidencia. Aquel celular roto entre la maleza delató su localización y ahora venían a rendir cuentas. “Los gringos se creen que se lo merecen todo”, pensó.


Salió de su bohío machete en mano, lista para cortar cabezas. Los americanos estaban armados, pero no le preocupaba. Si este era el día de su muerte, por lo menos iría al infierno abriendo el cielo. Haría cualquier cosa por defender su hogar.


 

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