De las encomiendas a la esclavitud (parte 1)

Updated: May 27, 2021


“... si existió “explotación” antes de la llegada de los españoles a las islas es tema de controversia. En este momento me inclino a pensar que dentro de los cacicazgos la exacción de servicios por los caciques se justificaba a través de los mecanismos de parentesco con el refuerzo del aparato religioso que minimizaba las tensiones internas. Todo ese aparato se derrumbó durante la Conquista… El sistema de encomiendas fue tanto el fuerte como la debilidad del proceso colonizador… ”

- Jalil Sued Badillo, El Dorado Borincano


Cuando Colón pisó tierra en el Nuevo Mundo y vio las prendas doradas y los guanines, comenzó a buscar la procedencia del oro. Los taínos, apuntaban al este, a la isla mítica de Guanín, donde el héroe Guaguyona, recibió el medallón de la espíritu-guía llamada Guabonito. La búsqueda de esta isla (o de este gran yacimiento de oro) trajo a los españoles a Borikén en 1493.


Ahora, desde los inicios de la Conquista un año antes, los españoles comenzaron a tomar a los pobladores de las Antillas como esclavos. Los Reyes Católicos, luego de unos años, rechazaron esta práctica. Los taínos no podían ser esclavos, porque eran vasallos de la Corona, a menos que se alzaran en rebelión. Sí podían esclavizar a los llamados “indios caribes” (kalinagos) de las islas de Barlovento. Estos loopholes en la ley, fueron importantes. Durante todo el proceso colonizador fue legal esclavizar a los rebeldes y a los barloventeños. Los capturaban en las guerras y en las “cabalgadas”; cacerías humanas, en las que atacaban aldeas “alzadas” y tomaban guerreros, al igual que ancianos, mujeres y niños. A estos esclavos, los herraban en la frente con la F del rey Fernando.


Pues, como la Corona dijo que no podían esclavizar a los taínos, pero los españoles tenían muchas ganas de tener esclavos anyway, empezaron a repartir a los indígenas entre distintos colonos (tengo entendido que la distinción es que no los vendían). Era una especie de servidumbre personal, sin ningún control legal, ni límites. Una Real Provisión de 1503, decretada por los Reyes Católicos, sancionó esta práctica que se conoció como las “encomiendas” o “repartimientos”. Francisco Scarano explica que “La intención de esta medida fue armonizar el objetivo práctico de oro, alimentos, tejidos y otros objetos de valor producidos por los naturales con la obligación moral de proteger los derechos de esos seres y de enseñarles la doctrina cristiana.” Osea, la Corona básicamente dijo —yo sé que la esclavitud está mal, pero es que nos gusta el oro demasiado.


Reconocer a los indios como vasallos de la Corona española, significaba que tenían una obligación a tributar a la misma. “El servicio de los indios en las labores mineras fue gravado por la Corona con un impuesto de un peso por cada once de rendimiento a cargo del español beneficiario del trabajo de los indios repartidos. Además, de esta participación fiscal, el rey tuvo indios de repartimiento en sus granjas y minas a modo de un encomendero mayor” (Zavala). Parece que ese vasallaje, era otra manera de justificar la labor forzada. Si eran súbditos de la Corona, entonces le debían su servicio.


La Provisión estipulaba que los indígenas encomendados debían ser cristianizados, y recibir buen trato y un sueldo. En teoría, esto lo distinguía de la esclavitud. En práctica, la distinción no era gran cosa. Para empezar, a los indígenas no se les estaba dando una opción: o hacías lo que te decían, o te mataban, como ejemplifica esta instrucción de la Corona a Juan Cerón en julio de 1511: “facelles sus requerimientos en forma, dos o tres veces: e si ansí fechos, non quisieren reducirse e venir a estar y servir como en la Española...conviene le fagáis la guerra a fuego e a sangre...”


El “pago” era una miseria. Por trabajar en las minas y los conucos les “daban cacona”, osea ropa, calzado y otras cosas de poco valor, en especial para los indígenas, que no utilizaban estos accesorios. Un fragmento de una cacona en remuneración por 7 meses de trabajo (¡7 meses!), en 1515 a unos encomendados dice lo siguiente:


“...a Gonzalo Aboy, cacique del Otuao, 1 camisa de ruán, 1 zaragüelles, 1 bonete negro, 1 paño de tocar y unas alpargatas; a Gasparico, 1 camisa de ruán, 1 caperuza y 1 paño de tocar, a Cristóbal 1 camisa, 1 caperuza y 1 paño de tocar...”


Encima de todo esto (y en violación a la Provisión), en La Española otorgaron encomiendas a personas que no residían allí, que nombraban a un administrador en la colonia. Además, colonos que ya habían abandonado la isla, alquilaban sus repartimientos. A estos dueños ausentes les importaba menos todavía el trato a los encomendados. Y, como cambiaban regularmente a quién se los alquilaban, los encomenderos no sabían hasta cuándo tendrían la mano de obra. Por eso, no les importaba explotarlos hasta que cayeran del cansancio o muertos.





Algunos decían que a los encomendados los trataban hasta peor que a los esclavos negros. “Estos después de todo, representaban una inversión de capital que merecía cuidarse; aquellos, no.” (Scarano). No sé si realmente se puede decir que las encomiendas eran peor que la esclavitud, pero no eran mejor.


Una de las críticas más comunes era la pobre alimentación que se le proveía a los encomendados y a los esclavos. Además de que les daban poca comida, era europea. Y no estamos hablando de una paella. Era pescado bañado en sal, como el que comían los marineros en viajes largos (ni los marineros comían eso todo los días, era algo por ciertos periodos de tiempo). El consumo de tanta sal, en especial para unas personas que no comían eso antes, fue desastroso para su salud.


El sistema no respetaba la integridad de las comunidades y las familias. A los españoles que recibían repartimientos, les entregaban un cacique, con un número de personas encomendadas y sus conucos de yuca. Había tres tipos de encomendados. Estaban los “naborias de casa”, los “naborías de mina” y los “indios de labranza dados por repartimientos”. No habían suficientes caciques para repartir, así que algunos indígenas fueron nombrados como tales por los mismos españoles, alterando el orden social taíno.


Además, trajeron la ruptura y mudanza de las comunidades ancestrales. Los yacimientos de oro quedaban lejos de las tierras de labranza tradicionales. Los españoles “resolvieron” esto de una de dos maneras: forzaban a los encomendados a crear conucos nuevos cerca de las minas o los forzaban a cargar el oro a los conucos ya existentes (los caballos y mulas en la isla, eran solo para el uso de los españoles).


Las minas podían estar en los cauces de los ríos o en sabanas. La labor empezaba con una cuadrilla de amerindios que cavaba o “escopeteaba” la tierra y las echaba en unas bateas. Si la minería era en sabanas, el oro lo tenían que cargar hasta la orilla de un río (que no necesariamente estaba cerca). En el río, las lavadoras (eran mujeres, en su mayoría), les tocaba pasar los días enteros, con el agua hasta la cintura, lavando la tierra de las bateas para separarlas del oro.


En 1511, se ordenó prohibir la carga de los indígenas “porque non se quebranten”. Sin embargo, Juan Cerón y Miguel Díaz, respondieron que como la tierra era áspera y no tenía caminos, no les quedaba más remedio. Pobrecitos. Pero, como eran tan “considerados”, habían y que limitado el peso de carga a 30 libras por persona. Una Real Cédula de 1512, autorizaría una carga máxima de 25 libras. No me pregunten cómo pesaban cada carga.